"Cuando la España cristiana medieval atravesaba un periodo de oscurantismo en el que ni siquiera se planteaba ningún tipo de higiene y mucho menos personal, la Córdoba musulmana contaba con más de seiscientos baños árabes públicos, herederos de las termas romanas.
Lugar de descanso, de reunión social y política, en ciertas regiones el hammam constituye, especialmente para las mujeres,
una de sus distracciones favoritas y todo un ritual generador de belleza y sensualidad,
al tiempo lugar donde mejor se desvanece cualquier desigualdad de índole social."


24.3.08

Desigualdades




MOMENTO DE REFLEXIÓN EN ESPAÑA


Tras los escrutinios,
las voces de Celia Amorós y Beatriz Gimeno
aportan elementos para sacar conclusiones
sobre la mujer en sociedad.


(Beatriz Gimeno, El Plural) ¿Puede usted decirme el nombre de alguna lesbiana? Seguramente no. Pues sepa que la FELGTB quiere que el año 2008 sea el de la visibilidad lésbica y que ya está trabajando en ello. Ahora que el PSOE ha ganado las elecciones, es de esperar que el PP se olvide del matrimonio entre personas del mismo sexo y nos deje en paz y tranquilos a casados/as y a solteros/as. Como estamos seguros de que el Tribunal Constitucional fallará que este matrimonio cabe -tiene que caber- en una Constitución democrática, podemos ponernos a trabajar en el futuro, en lugar de tener que estar pendientes de si nos van a descasar a la fuerza, que para descasarnos nosotros mismos ya tenemos el divorcio rápido.

Y, desde luego, una de las cosas pendientes es hacer visibles a las lesbianas. Hace un tiempo realicé una encuesta en mi asociación en la que le pedí a un grupo de lesbianas que escribieran el nombre de diez gays de toda la historia. Casi todas lo hicieron. Desde escritores como Oscar Wilde o Lorca, a directores, actores, deportistas y desde luego nuestra panoplia nacional: Jesús Vázquez, “el de los Morancos”, Boris, Almodóvar, Mendicutti, Nacho Duato…

Cuando pedí a estas mujeres que escribieran el mismo número de lesbianas, casi ninguna escribió más de cinco y aun de esas cinco había casos curiosos. Se citó bastante a Safo, que por algo es la “fundadora”, aunque nos quede un poco lejos. Se citó también a alguna folclórica que ni sé si es lesbiana, ni si deja de serlo, ni me importa, ya que de lo que se trata es de gente que sea visible. Las de mi quinta citaron a Martina Navratilova, un símbolo para las cuarentonas… y poco más. Hubo dos o tres que apuntaron en la lista a Santa Teresa, nunca supe por qué.

Lo que está claro es que mientras seguramente todos ustedes conocen a varios gays, no sabrán citar a ninguna lesbiana. No estamos al mismo nivel, aunque hemos hecho el mismo trabajo (o más, ya que hemos dirigido las asociaciones en los momentos culminantes de la lucha) Pero, como todas las mujeres, también las lesbianas sufrimos discriminación en todos los ámbitos. Vamos a empezar por la visibilidad. Si queremos combatir la discriminación, primero se nos tiene que ver y conocer. La visibilidad es el punto primero de una larga lista que vendrá después.


(Lesbianlips) Beatriz Gimeno nació en Madrid en 1962 donde estudió algo tan extraño como filología semítica. En Madrid su vida era más o menos convencional. En cierto momento se emparejó y tuvo un hijo. En el año 1985 ella y su marido se fueron a trabajar a Sevilla donde Gimeno comenzó lo que ella llama el "periodo de conciencia".

Con un marido que trabajaba 12 horas diarias, viviendo en un chalet adosado en una urbanización a las afueras, en una ciudad que nunca dejó de resultarle extraña, pequeña y conservadora, y haciéndose cargo en exclusiva de un niño pequeño, su propio trabajo, la casa y estas cosas que les suele tocar hacer a la mayoría de las mujeres, comenzó a pensar que la vida no podía consistir en eso. Cuando se vio obligada a asistir como "mujer de" a una convención profesional en la que las mujeres se sentaban en una mesa y los hombres en otra y en la que a ellas se las colgaba del cuello una cartulina con el nombre del marido, Beatriz pensó que ya había tenido suficiente.

Ese mismo año, 1988, comenzó a asistir a las reuniones de una asociación feminista y su vida cambió radicalmente. Su militancia feminista acababa de comenzar. Desde entonces militó y trabajó en diversas asociaciones feministas y en 1990 se enamora de una compañera de militancia. Desde ese momento Gimeno comienza a leer sobre feminismo lesbiano y a tratar de acercar el movimiento feminista al movimiento de lesbianas. Finalmente, ya en Madrid, comenzará a desvincularse, aunque nunca ideológicamente, del Movimiento Feminista al que considera ciego a la diversidad sexual.

Milita desde ese momento en COGAM, Colectivo de Lesbianas, Gays y Transexuales de Madrid, asociación en la que ocupa diversos puestos de responsabilidad. Comienza también a escribir artículos, a dar cursos y conferencias por toda España. En 1995 conoce a Boti Gª Rodrigo, conocida militante lesbiana e inician una relación de pareja que acaba de culminar -gracias en parte al trabajo de ambas- en boda. Desde ese año la actividad de Beatriz Gimeno se centra en la que habría de ser la principal asociación de homosexuales y transexuales, la FELGT, (Federación Estatal de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) y en su labor primero como Secretaria General de la misma, y desde 2002 como Presidenta. Su actividad se ha multiplicado en los últimos años, convirtiéndose en uno de los principales referentes del activismo homosexual y, especialmente, lesbiano.

Además de su militancia en el Movimiento homosexual, Gimeno ha publicado cientos de artículos en periódicos y revistas especializadas, españolas y extranjeras, ha publicado un libro de relatos: Primeras Caricias: 50 mujeres cuentan su primera experiencia con otra mujer (La Tempestad, 2002); una novela: Su cuerpo era su gozo (Foca 2005) y un ensayo, Historia y análisis político del lesbianismo, que no es sino una recopilación de su pensamiento como feminista lesbiana. Su trabajo como tal ha consistido, fundamentalmente, en desvincular el pensamiento y la práctica política lesbiana de la política y el pensamiento gay para llevarlo al lugar que le pertenece, el feminismo, sin el que las lesbianas ni siquiera podrían existir; así como en denunciar la deriva misógina que impregna buena parte de la cultura gay actual y de la que las lesbianas, no siempre son conscientes.



La ilusión de la igualdad

(Ana Moreno Soriano, Ideal) Hace un año y medio aproximadamente, la filósofa Celia Amorós ganaba el Premio Nacional de Ensayo por su obra 'La gran diferencia' y sus pequeñas consecuencias para la lucha de las mujeres, un premio sin duda merecido y que, además, celebramos las feministas, pues era la primera vez en treinta años que una mujer recibía este galardón. En una entrevista que le hacían a Celia Amorós con motivo de este premio, resaltaban como entradilla estas palabras: «Mi cabreo nace de que la relación entre varón y mujer es injusta», que me parecieron un ejemplo de radicalidad y compromiso, como pude comprobar a lo largo de la entrevista y sobre todo, después, con la lectura del libro citado.

Celia Amorós, en su trayectoria como filósofa y como feminista, es consciente del poder del patriarcado como un proceso de pactos que propician los hombres entre sí para reconocerse y otorgarse la condición de iguales y, de este modo, garantizarse la hegemonía en el espacio público; denuncia, en la línea de Simone de Beauvoir, que los hombres se apropien de lo universal de forma fraudulenta y plantea impugnar la propia estructura de legitimidad en la que se basan las relaciones de poder entre hombres y mujeres para devolver a éstas el espacio que les ha sido usurpado. Es consecuente, por lo tanto, su compromiso con el feminismo de la igualdad y su actitud vital -ese cabreo del que habla en la entrevista- es la respuesta ante una injusticia propiciada y consentida desde muchos ámbitos.

La igualdad ha sido siempre el principal objetivo de la izquierda y uno de los valores que deben impregnar cualquier estrategia transformadora y yo pienso que la igualdad debe presidir también los procesos y las leyes electorales.

Hace dos semanas se celebraron Elecciones Generales y al Parlamento Andaluz con el resultado que ya conocemos y el bipartidismo impuesto durante la campaña y el sistema de reparto de escaños contradicen el artículo 1º de la Constitución Española, en lo que se refiere a la igualdad y al pluralismo político. Bien es verdad que, en este terreno, la desigualdad se ha normalizado hasta tal punto que sólo se hace visible a algunas miradas críticas, mientras que una gran mayoría, por conforme o interesada, lo percibe como algo obvio, pero las personas que no nos sentimos representadas por el PSOE ni por el PP debemos expresar nuestro rechazo porque el bipartidismo ha usurpado en la práctica el espacio de otras opciones políticas, lo mismo que el patriarcado ha usurpado el espacio de las mujeres.

Injusta, sin duda, la situación; de cabreo, como diría Celia Amorós, pero una tarea apasionante, aunque difícil, para las mujeres que militamos en el feminismo y en la izquierda transformadora: la igualdad como meta y como camino, cuestionando la legitimidad del poder que consagra la desigualdad.




La idea de igualdad

(Celia Amorós/ FEMPRESS) El feminismo, hoy en día como siempre, trata de dar su expresión teórica a un proceso de cambio social que tiene implicaciones en todos los niveles de la existencia humana: en el nivel económico, en el político, en el orden cultural y en el de las organizaciones simbólicas. Es un proceso de cambio que tiene dimensiones antropológicas como lo ha visto el antropólogo norteamericano Marvin Harris. Es asimismo una inflexión importante del propio proceso de hominización, como lo intuyera el socialista utópico Fourier, y no puede por ello dejar de ejercer su impacto en la filosofía.

A la filosofía, dadas las dimensiones de la globalización, le resulta cada vez más difícil trata de dar expresión teórica a ciertas formas que la conciencia de la especie humana va tomando de sí misma. Intenta, como lo quería Hegel, pensar su propio tiempo en conceptos, ser autoconciencia crítica de la cultura. Lo cual era bastante más sencillo cuando, como lo decía Jean-Paul Sartre, la especie humana era ese "club tan restringido". Tan restringido que en él no se admitía a las mujeres, que eran eludidas o conceptualmente despachadas, creo que éste es el término exacto por medio de diversas variantes en que se pueda concebir "lo Otro" de lo humano, como lo explicó Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo. Continentes enteros como Africa, por ejemplo, quedaban para los grandes filósofos europeos, como Kant y Hegel, fuera de la historia del espíritu. Ahora, pese al etnocentrismo y al androcentrismo que siguen imperando, obviamente, no es posible pensar en estos términos provincianos.

El feminismo como proceso de emancipación de las mujeres y el proceso de descolonización tienen raíces comunes, justamente, en la Ilustración europea, que sentó las bases críticas para que tanto la sumisión de las mujeres como el subyugamiento y la explotación de continentes enteros fueran impugnadas e irracionadas. Yo hablo aquí, naturalmente, desde mi formación-deformación profesional, que es la historia de la filosofía y del pensamiento. Hay análisis muy solventes de los aspectos económicos y políticos que han contribuido decisivamente a generar estos cambios, pero mi cometido como historiadora de ideas es recordar que Olympe de Gouges, quien escribió la "Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana" en 1789, deploraba a la vez la situación de esclavitud a que se ven sometidos los "hombres" de color de nuestras islas.

El abolicionismo en Estados Unidos y el movimiento sufragista surgieron íntimamente unidos. Es en exceso esquemático y por ello inexacto afirmar, como lo hacen algunas feministas postmodernas, que el movimiento feminista haya sido un movimiento de emancipación a la medida de la mujer blanca heterosexual de clase media. La historia del sufragismo es la historia de unas relaciones complejas entre mujeres de un amplio espectro social el caso de líderes como Susana Anthony lo atestigua aunque, por razones obvias, dieron la tónica las de origen burgués: eran las más cultas, las que sabían hablar en público, etc. Pero la gran asignatura pendiente para todas era la ciudadanía cuando la ciudadanía era ya, para la inmersa mayoría de los varones, algo conquistado y por donde no pasaba el eje de las vindicaciones. (Ni debía pasar para muchos por ser una mistificación burguesa: lo importante era la lucha de clases).

Las mujeres parecemos estar condenadas a formular vindicaciones anacrónicas desde el punto de vista de los tempus históricos de la historia del patriarcado, que marca, por decirlo así, tempus canónicos. Pero no parece que sea posible ni deseable obviar el trámite de tales vindicaciones. Ahora ocurre algo en muchos aspectos similar: cuando empezamos a tomar posiciones de sujeto en muchos ámbitos de la vida social, cultural y política, se declara la muerte del sujeto.

Hay que recordar que el feminismo de los setenta, que tiene ya sus referentes clásicos como Sulamith Firestone, planteó las relaciones entre feminismo y racismo reléase "La dialéctica del sexo". Y el debate sexo-contra-sexo o clase-contra-clase, en el ámbito del feminismo socialista que fue potente, dio juego hasta la saciedad. El feminismo debería recuperar su tradición y señas de identidad por más que los postmodernos desacrediten las "metanarrativas": el problema de las mujeres ha sido siempre el de caer en la trampa de que nuestras luchas siempre parten de cero.

No creo que se pueda recuperar lo que a lo largo de la historia algunas "pensadoras de la diferencia sexual" interpretan como las emergencias de una identidad femenina genuina y autoconstituyente. Tal identidad es un mito: todas las identidades son construidas y negociadas, sobre todo las identidades dominadas en una tensión entre la "heterodesignación" de que las hacen objeto los dominadores y una autodesignación siempre vacilante y tentativa. No creo, pues, ni la Diferencia con mayúscula ni me parece conveniente la pulverización del sujeto del movimiento feminista siempre en precaria y problemática construcción, como todo sujeto colectivo en una hipertrofia de las diferencias entre las mujeres que acaba por olvidar que ocupan una posición común en ese entramado de pactos entre los varones, incluso entre dominantes y dominados, en que el patriarcado consiste.

Así pues, entiendo que el reto actual del feminismo es el reto de la globalización y que este reto solamente se puede afrontar tramando pactos entre mujeres cada vez más amplios y más sólidos. Estos pactos son sin duda tremendamente difíciles, pero se va haciendo la experiencia de ellos en los proyectos de cooperación donde se implican cada vez más las mujeres, tanto las occidentales como las del Tercer Mundo.

El feminismo ha de poder asumir el reto de la multiculturalidad, orientándola en el sentido de una interculturalidad porque las mujeres, por encima de diferencias que nadie minimiza, han sufrido en común la dominación, y la subcultura femenina que esta dominación ha generado en todas partes y que reviste diferentes formas, tiene, con todo, claves comunes.

Debemos defender, pues en el espíritu de la Conferencia de Pekín (1995), el programa del cumplimiento y la profundización de los derechos humanos que, por más que nacieran en Occidente, transcienden a Occidente y pueden hacer de Occidente objeto de interpelación, ponerlo sub judice La idea de igualdad, idea de estirpe ilustrada, desacreditada hoy en día con la mala fe de quienes pretenden que ignora las diferencias cuando, justamente, es el único criterio para distinguir entre las deseables y las indeseables ha de ser la idea reguladora irrenunciable en la lucha contra la feminización de la pobreza. En suma: no creo en el mensaje de quienes nos vienen con la presunta buena nueva de que estamos "Más allá del emancipacionismo" y de que debemos instalarnos en un presuntamente nuevo paradigma que no hace sino restaurar en nuevas claves una dominación ancestral. En mi libro 'Tiempo de feminismo' he tratado de profundizar en el sentido de mis propuestas.



"La cultura es mucho más rica cuando más mezclada está; los países mestizos tienen ventajas sobre los más homogéneos porque es la diversidad la que nos enriquece. La cultura no puede ser única ni cerrada, pues hay una polinización que ha venido del lejano Oriente, al Oriente próximo, y de ahí a Occidente. La literatura, por ejemplo, se mueve por las autopistas del viento."
(Juan Goytisolo, Barcelona)