"Cuando la España cristiana medieval atravesaba un periodo de oscurantismo en el que ni siquiera se planteaba ningún tipo de higiene y mucho menos personal, la Córdoba musulmana contaba con más de seiscientos baños árabes públicos, herederos de las termas romanas.
Lugar de descanso, de reunión social y política, en ciertas regiones el hammam constituye, especialmente para las mujeres,
una de sus distracciones favoritas y todo un ritual generador de belleza y sensualidad,
al tiempo lugar donde mejor se desvanece cualquier desigualdad de índole social."


11.8.07

Françoise Héritier


"LA DESIGUALDAD NO ES UN EFECTO DE LA NATURALEZA"

El libro "Masculino/Femenino II. Disolver la jerarquía"
continúa el trabajo que Françoise Héritier comenzó con "El pensamiento de la diferencia" y profundiza el análisis acerca de la relación masculino/femenino
y los violentos efectos de un modo de dominación masculino
impuesto como única voz, posible y legítima,
para definir representaciones y asignar lugares,
ha tenido sobre los cuerpos de las mujeres.
Las preguntas que se proponen están dirigidas a la búsqueda
de una genealogía de este sistema de jerarquía estructurado
en la diferencia de los sexos y hacia la investigación de los aspectos centrales
que posibilitarían una transformación de este estado de las cosas.
La antropóloga francesa, especialista en simbología corporal,
discípula de Lévi Strauss,
propone un estudio a lo largo de la historia y de las culturas,
desde un enfoque antropológico y también político,
de las problemáticas fundamentales que hacen a esta cuestión:
el afán de los hombres por el control de la fecundidad de las mujeres,
la prostitución y las actividades domésticas,
en desmedro de otras posiciones sociales que las mujeres pueden ocupar,
la utilización de los cuerpos y representaciones,
en los mensajes publicitarios, entre otros.
También están presentes los temas referidos
a la anticoncepción y la clonación reproductiva
en relación con las posibles salidas que se orientan hacia
la disolución de esta jerarquía y la construcción
de un vínculo más armónico e igualitario.
De este modo, realiza un análisis exhaustivo acerca del tema
y examina las posibilidades reales de cambio
y los obstáculos para la formación de una sociedad
en la cual la diferencia no sea el fundamento de una jerarquía
sino de una verdadera armonía,
lo que sitúa a este libro como una lectura indispensable para todo análisis de la cuestión.
("Masculino/Femenino II. Disolver la jerarquía". Françoise Héritier. Fondo de Cultura Económica, 2007.)


Lo femenino vivo
En 1966 publiqué “Masculino Femenino. El pensamiento de la diferencia” en Odile Jacob. No se trataba sólo de una constatación sociológica de la situación de dominación de las mujeres en el mundo –brutal y absoluta en ciertos lugares, más enmascarada en otros, como el mundo occidental contemporáneo–, sino de reflexionar, en mi condición de antropóloga, sobre el pensamiento de la diferencia, es decir, sobre la manera en que la diferencia de los sexos, que no implica absolutamente ninguna jerarquía, ha sido pensada en las diversas sociedades del mundo desde el comienzo de los tiempos. Esto me hizo ir en busca de las condiciones necesarias que llevaron a los hombres de todas partes a conceptuar y traducir esta simple diferencia como jerarquía, siempre orientada en el mismo sentido.
Regresaré sobre el conjunto de los mecanismos que ya he puesto a la luz. No obstante, aún me quedaban dos grandes insatisfacciones.

Insatisfacciones
La primera nacía del hecho de que en mi argumentación retrospectiva, poco a poco, la fuente última de esta jerarquía en la representación de la diferencia, fundada en las características concretas y objetivas de la producción de los cuerpos, se hallaba en que las mujeres pierden su sangre sin poder impedirlo, mientras que los hombres pierden la suya voluntariamente (o accidentalmente) en operaciones consentidas. Ello supone, cualquier reflexión que se haga, que ya existía en los espíritus un simplismo de jerarquización donde el carácter “activo” tenía un valor superior al carácter “pasivo”, sufrido. Pero esta operación de valorización simbólica jerarquizada normalmente es sólo el efecto de la observación de la diferencia sexuada y no algo previo a esa observación, la cual está en efecto en el origen de las categorizaciones binarias, tanto abstractas como concretas, que nos sirven para pensar.
Sin embargo, para explicar esta valorización jerárquica, yo situaba concretamente a la dominación en el cuerpo y no sólo en el espíritu, y específicamente en la fecundidad femenina, para encontrar la razón por la cual los hombres recurrieron a una apropiación individual clara y duradera de esa facultad que es atributo de lo femenino, realizada jurídicamente por medio de esas transacciones entre los hombres que son las leyes del intercambio matrimonial y del casamiento. Apropiación que implicaba en un solo movimiento la pérdida de la libertad para las mujeres. ¿Pero no era preciso ir un poco más lejos?
La segunda insatisfacción se debía al cuadro global, o a las mismas causas que históricamente producen los mismos efectos en todo el mundo habitado, pero también, como se puede suponer, en la actualidad. Ese cuadro global ofrecía una estructura terriblemente apremiante, de la que parecía difícil escapar. Me lo reprocho. Me he preguntado dónde podía encontrar una palanca tan fuerte que permitiera, no intervenir en la jerarquía actual, lo que no tendría el menor sentido, sino llegar progresivamente a la igualdad no sólo en a práctica sino y sobre todo en los espíritus.
Por lo tanto seguí reflexionando en esa cuestión y espero haber progresado. Este libro, que es en cierto modo un tomo II, tiene como subtítulo “Disolver la jerarquía”. Pensé en titularlo “Soluciones de la jerarquía” debido a la multiplicidad de sentidos de la palabra “solución”, resolución de un problema, disolución de un obstáculo, y también por la expresión “solución de continuidad”, corte definitivo e irreparable. Pero parece que esta riqueza no podría ser comprendida directamente por el lector. “Disolver la jerarquía” es, desde este punto de vista, un título más eficaz, pues suena como un programa. Si “El pensamiento de la diferencia” establecía una constatación, “Disolver la jerarquía” apunta a los desafíos de los tiempos por venir.
¿Por qué razones la humanidad en su conjunto ha desarrollado sistemas de pensamiento que valorizan lo masculino y desvalorizan lo femenino, y traduce estos sistemas de pensamiento en acciones y situaciones concretas? ¿Por qué la situación de las mujeres está minimizada, desvalorizada u oprimida de una manera que puede denominarse universal, si el sexo femenino es un de las dos formas que revisten la humanidad y el sexo, y si, de hecho, su “inferioridad social” no es un dato biológicamente fundado?
Se observan muchas variantes: la situación de las mujeres y su representación social no son idénticas si se compara a los kua de Kalahari con los himbas de Namibia (1), o si se toma el trabajo de comparar a los tuaregs y los han de China. Algunos pueblos, como os kua y los tuaregs, presentan sistemas de complementariedad que aparentemente no se relacionan con la jerarquía y la opresión, aun cuando la supremacía masculina se ve, en unos, en la valorización de la distribución de las tareas y, entre los otros, en la imposibilidad de las mujeres de alcanzar un estatus que las convierta en depositarias del honor de los hombres.

¿Una esencial debilidad femenina?
Una razón que generalmente se esgrime es la vulnerabilidad del cuerpo femenino durante el embarazo, el amamantamiento y la crianza de los niños. Se trata de una explicación a la que por cierto hay que tener en cuenta, pero que no resulta suficiente y ni siquiera es única: no hay una relación de causa y efecto entre la fragilidad de esos momentos particulares y la dependencia absoluta del sexo femenino con respecto al sexo masculino en todas las etapas de la vida, independientemente de las cuáles sean o pudieran ser las actividades o competencias de los individuos. Si ella demanda protección, la fragilidad no implica ipso facto la sujeción.
Tras esta explicación naturalista y funcionalista, cuestionemos otros dos razonamientos de larga data. En principio, la ilusión esencialista: habría una naturaleza, una “esencia” femenina imperfecta que justificaría la sumisión del género femenino. Sustituyamos esta explicación ilusoria y tenaz por la idea de la manipulación simbólica de los datos concretos y visibles a fin de construir lo real como queremos verlo.
El segundo razonamiento explica la dominación por la violencia, por el uso únicamente de la fuerza para la opresión física. Esta explicación pretende reforzarse mediante la creencia de que existió un tiempo histórico en que las mujeres habrían tenido el poder (matriarcado primitivo), y habrían sido despojadas de éste por la fuerza y a menudo debido a su incompetencia.
Pero se trata de mitos que explican lo que se observa apelando a un estado anterior que fue necesario invertir para que exista el estado actual. Históricamente, y ya no míticamente, han existido períodos en que la fecundidad femenina era reverenciada y excluía cualquier otro determinante de lo femenino, pero eso no implicaba igualdad de estatus ni a fortiori su inversión. Colocar a la madre en el lugar de la mujer implica asignar a ésta una única función que anula a la persona que hay en ella.
Estas tres explicaciones suelen estar asociadas: la imperfección de la naturaleza femenina –que incluye la debilidad física– sería la causa tanto del fracaso del matriarcado como de la violencia ejercida por los hombres para controlar esta imperfección. Y esto es así a pesar de las contradicciones internas que es posible descubrir. En efecto, si las mujeres, por su naturaleza esencial, son débiles e imperfectas, no se sabe cuál es el motivo de la violencia por parte de los hombres para despojarlas de un poder que habrían tenido y dominarlas, pues resulta altamente improbable que estas debilidades esenciales les hubieran permitido alguna vez adquirir un estatus dominante. La combinación de las tres explicaciones arrastra en germen la inanidad de cada una de ellas.

Una visión muy arcaica
La desigualdad no es un efecto de la naturaleza. Ella fue instalada por la simbolización desde tiempos inmemoriales de la especie humana, a partir de la observación y de la interpretación de hechos biológicos notables. Esta simbolización es fundadora del orden social y de las discrepancias mentales que siguen vigentes, aún en las sociedades más desarrolladas.
Es una visión muy arcaica, que sin embargo no es inalterable. Muy arcaica porque depende de un trabajo de elaboración realizado por nuestros lejanos ancestros durante el proceso de hominización, a partir de los datos que les proveía su único medio de observación: los sentidos. Pues las representaciones tienen larga vida, y funcionan en nuestras mentes sin que necesitemos convocarlas ni reflexionar sobre ellas. Las recibimos dispersas durante nuestra infancia y las transmitimos de la misma manera. ¿Son por lo tanto imposibles de erradicar? No. Los datos de la realidad han cambiado porque los medios de observación han cambiado, muy recientemente por cierto. Los gametos aparecieron bajo el microscopio a finales del siglo VXIII, y los genes, en estas últimas décadas. Ellos son, como veremos conocimientos fundamentales para el cambio actual y futuro de las relaciones simbólicas de lo masculino y lo femenino.
Siempre que tomemos conciencia de las razones por las cuales estas nuevas maneras de concebir lo humano tienen una relación de dependencia en el núcleo de la pareja masculino/ femenino. Y siempre que comprendamos también cómo pueden servir para desanudar la relación tradicional de esa pareja, priorizando el aporte de las células procreadoras. Y con la condición, finalmente, de luchar individual y colectivamente contra los privilegios de un pensamiento adquirido a partir de las observaciones realizadas por nuestros lejanos ancestros y reiteradas desde entonces.
Estas observaciones estaban fundadas en lo que era posible observar con sus sentidos dentro de su medio más cercano. El pensamiento naciente durante los milenios en que se desarrolló la especie Homo Sapiens tiene su auge a partir de esas observaciones y de la necesidad de darles sentido; a partir de la primera operación que consiste en la necesidad de darles sentido; a partir de la primera operación que consiste en aparearse y clasificar. Los objetos se manipulan y se aparean a partir de la constatación de sus características. Los objetos vivientes que este Homo observa a lo largo del tiempo y mientras se desarrolla son, en principio, él mismo y sus congéneres –con sus características particulares: estatura, peso, vellosidad, forma, color, etc.– y todos los animales observables a simple vista que lo rodean. La clasificación tropieza en un mismo hecho: todas las especies, por más disímiles que sean, entre ellas y en su propio seno, comparten una misma constante, ni manejable ni discutible: la diferencia sexuada, con los mismos componentes anatómicos y fisiológicos y la producción de humores diferenciados.

(1) Carlos Valiente “Noailles, Kua et Himba. Deux peuples traditionnels du Botsawana et de Namibia face au nouveau millénaire”, Ginebra, Musée d’Ethnographie, 2001.
Entrevista a la autora: Diario Página/12, suplemento Las/12


"La cultura es mucho más rica cuando más mezclada está; los países mestizos tienen ventajas sobre los más homogéneos porque es la diversidad la que nos enriquece. La cultura no puede ser única ni cerrada, pues hay una polinización que ha venido del lejano Oriente, al Oriente próximo, y de ahí a Occidente. La literatura, por ejemplo, se mueve por las autopistas del viento."
(Juan Goytisolo, Barcelona)