"Cuando la España cristiana medieval atravesaba un periodo de oscurantismo en el que ni siquiera se planteaba ningún tipo de higiene y mucho menos personal, la Córdoba musulmana contaba con más de seiscientos baños árabes públicos, herederos de las termas romanas.
Lugar de descanso, de reunión social y política, en ciertas regiones el hammam constituye, especialmente para las mujeres,
una de sus distracciones favoritas y todo un ritual generador de belleza y sensualidad,
al tiempo lugar donde mejor se desvanece cualquier desigualdad de índole social."


25.9.07

Almudena Grandes


NOTAS DE SU ÚLTIMA NOVELA: "EL CORAZÓN HELADO"



"Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas ha de helarte el corazón."
(Antonio Machado)



"...para los estrategas, para los políticos, para los historiadores,
todo estará muy claro: hemos perdido la guerra.
Pero humanamente, no estoy tan seguro...
Quizá la hemos ganado"
(Antonio Machado, diciembre de 1938.)


"Hay muchas historias que nuestros padres y abuelos nunca han querido contarnos.
Algunas porque fueron tan heroicas que no soportaríamos conocer su final.
Otras porque fueron tan ruines que jamás podríamos perdonarlas.
Historias que de entrada siempre parecen mentiras y al final siempre han sido verdad.
Historias que nos helarían el corazón."



(Almudena Grandes, Madrid, octubre de 2006) La primera nota sobre esta novela que conservo en un cuaderno, lleva la fecha del 2 de diciembre de 2002. Desde entonces hasta hoy, una pequeña multitud de historiadores y escritores españoles, en su mayor parte de mi generación —la de los nietos de quienes se enfrentaron hace setenta años—, ha producido un considerable número de libros, tan importantes en sí mismos como relacionados con el argumento del mío. Con muchos de ellos he contraído una profunda deuda de gratitud mientras lo escribía.

A algunos, como Enrique Moradiellos (1936. Los mitos de la guerra civil) o Ricardo Miralles (Juan Negrín. La República en guerra), tengo que agradecerles sobre todo la compañía, que ha representado para mí un bien mucho más precioso de lo que podría parecer a simple vista. Con otros, tengo deudas más específicas.
El exilio republicano español en Toulouse (1939-1999), una conmovedora recopilación de historias personales coordinada por una historiadora española, Alicia Alted, y otra francesa, Lucienne Domergue, me enseñó a mirar hacia el exilio francés. Sin el magnífico libro de Xavier Moreno Juliá, La División Azul. Sangre española en Rusia 1941-1945, la aventura oriental de Julio Carrión González habría sido mucho más pobre, y más torpe.
A Secundino Serrano, que ha soportado mis constantes peticiones de ayuda con tanta generosidad como paciencia, tengo que agradecerle algo semejante. Su libro La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945), me emocionó tanto como me ayudó a comprender a sus protagonistas. Con mi vecino —y vecino de los Fernández Muñoz—, Jorge Martínez Reverte, tengo tantas deudas que no sabría por dónde empezar a contarlas, pero a cualquier lector le bastará con leer La batalla de Madrid, un libro de no ficción tan apasionante como la mejor de las ficciones, para descubrirlas.

Y quiero agradecer también a Valentina Fernández Vargas, autora de Memorias no vividas, Madrid qué bien resiste. La vida cotidiana en el Madrid sitiado, que su trabajo me haya ayudado a sistematizar y profundizar en mi propia crónica familiar, un relato que ha llegado hasta
mí a través, sobre todo, de mis tías abuelas, Concha y Charo Grandes Pérez, campeonas de las perdices evacuadas del número 10 de la calle Velarde, donde mi padre, Manolito, no se asustaba al escuchar las sirenas que alertaban de los bombardeos a la población civil. Para él, que había nacido en 1933, aquel sonido formaba parte de la normalidad cotidiana.

El corazón helado es una novela en el sentido más clásico del término.
Es, de principio a fin, una obra de ficción, y sin embargo no quiero ni puedo advertir a sus lectores que cualquier semejanza de su argumento o sus personajes con la realidad sea una mera coincidencia. Lo que ocurre es más bien lo contrario. Los episodios más novelescos, más dramáticos e inverosímiles de cuantos he narrado aquí, están inspirados en hechos reales.
Los pozos de Arucas, en Gran Canaria, existen. Yo he estado allí de la mano de Pino Sosa, hija del alcalde socialista que fue sepultado en vida, junto con otros sesenta y tantos republicanos también vivos, en un pozo que sus vecinos se apresuraron a bautizar como «Pozo de los gritos de las brujas».
Y he estado también en la plaza de tientas que sigue existiendo en el sótano de Los Gabrieles, en la calle Echegaray. Aunque resulte difícil de creer, las mujeres madrileñas se iban al frente a insultar a los desertores en los peores momentos de noviembre de 1936, y preferían aguantar los bombardeos de pie, en plena calle, para vitorear a sus pilotos, en lugar de correr a los refugios. Todavía hoy, en la tapia del cementerio del Este —ahora llamado de la Almudena—, en Madrid, donde fusilaron a casi tres mil personas en la inmediata posguerra, hay flores encajadas en los agujeros que dejaron aquellas balas. Yo las he visto.
En todas las estaciones francesas por las que pasó el tren que transportaba a la División Azul a su campamento de Baviera, había refugiados republicanos dispuestos a acribillarlo a pedradas, y dentro, muchos rojos camuflados, que cruzaron Europa de punta a punta para pasarse a las tropas soviéticas a la menor oportunidad, convencidos de que aquella guerra también era la suya. Por ellos, y desde luego no por Stalin, me gustaría poder escribir que, después de la derrota del fascismo, no fueron a parar a los mismos campos de concentración que los voluntarios falangistas, pero ésa es la verdad. Como es verdad que, al final de la segunda guerra
mundial, los aliados volvieron a traicionar de una manera vergonzosa, por segunda y definitiva vez, a la democracia española en general y, en particular, a las decenas de miles de antifascistas españoles que habían combatido contra los nazis —sobre todo, pero no exclusivamente, en el sur
de Francia— y que se encontraron con que su lucha, y su sacrificio, sólo habían servido para afianzar a Francisco Franco en el poder.

La Ley de Responsabilidades Políticas del 9 de febrero de 1939, cuyos términos parecen el delirio de un mal guionista de cómic aficionado a las parafernalias totalitarias, existió en realidad, hasta tal punto que, aunque fue suprimida por decreto en 1945, se siguió aplicando —nada por aquí, nada por allá— hasta 1966. Eran objetos de dicha ley «las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el primero de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936, contribuyeron a crear o a agravar la subversión (sic) de todo orden de que se hizo víctima a España», las que hubieran «ocupado cargos políticos durante el Frente Popular» o, sin ir más lejos, las que se hubieran «declarado públicamente a su favor».
En el caso de las sanciones económicas, la Ley de Responsabilidades Políticas establecía que «se harán efectivas aunque el responsable falleciere antes de iniciar el procedimiento o durante su tramitación, con cargo a su caudal hereditario, y serán transmisibles a los herederos que no hayan repudiado su herencia». Y en la realidad, el general Camilo Alonso Vega, director general de la Guardia Civil, se apropió después de la guerra de un chalet en la colonia de El Viso, en Madrid, que era propiedad de Francisco López Ganivet, sobrino de Ángel, que logró exiliarse en Londres, y de su mujer, Matilde Landa, dirigente del Socorro Rojo Internacional en el Madrid sitiado, que se suicidó en la cárcel de Palma de Mallorca en 1941, incapaz de resistir la presión que ejercían sobre ella las autoridades franquistas, que llegaron a amenazarla con quitarle la leche a las presas con hijos si no accedía a bautizarse. Cuando decidió que no podía asumir esa responsabilidad pero tampoco traicionarse a sí misma, se tiró por una ventana. Los testimonios de las otras reclusas coinciden en que no sobrevivió al impacto, pero el director de la prisión bautizó su cadáver para declarar después que, en aquel momento, Matilde todavía estaba viva y había pedido el bautismo con su propia voz.

Todos estos y muchos otros episodios de la historia española reciente, algunos de los cuales aparecen en este libro, parecen mentira pero, para nuestra desgracia, han sido verdad. En este sentido, sólo hay dos excepciones deliberadas. La primera tiene que ver con el golpe de Estado del coronel Casado, que quizás sea, por razones obvias, el hecho más oscuro, peor contado y documentado, de toda la guerra civil. Al margen de los combatientes comunistas, que sólo pueden aportar el punto de vista de las víctimas, sus contemporáneos suelen pasar por él de puntillas, seguramente por miedo a ensuciarse.

Por eso, aunque estoy segura de que esos datos existen en alguna parte, yo no he sido capaz de encontrar una referencia geográfica concreta de los lugares donde los sublevados de marzo del 39 encerraron a sus prisioneros. Si he elegido los calabozos de la Puerta del Sol para Ignacio Fernández Muñoz, ha sido por su tristemente célebre notoriedad. Pura tradición.
El segundo momento en el que me he apartado de una manera consciente de la realidad, ha sido en el instante en que Pancho Serrano Romero cruza el río Voljov. Sé que ese río no puede cruzarse a pie ni siquiera en verano, ni siquiera en su tramo más estrecho y pedregoso, pero me he tomado la licencia de hacerlo encoger porque el discurso de Pancho, sus vivas a la República y a la gloriosa lucha del pueblo español, habría perdido fuerza, y emoción, si su autor hubiera tenido que pronunciarlo sentado o haciendo equilibrios, de pie, en una barca.

Aparte de estos dos detalles, he podido cometer muchos errores que serán sólo culpa mía. Los aciertos, en cambio, se deberán siempre a la ayuda desinteresada de todas estas personas, a las que quiero dar las gracias:
A Juan Pérez Mercader, que en los primeros días de diciembre de 2002, y a propósito del hundimiento del Prestige, definió las emergencias en sistemas de muchos componentes como lo que ocurre cuando el todo resulta mayor que la suma de las partes. En aquella reunión interdisciplinar que se celebró en el Coto de Doñana y a la que yo también estaba invitada, Álvaro Carrión, que por aquel entonces ni siquiera tenía nombre, empezó a ser físico.
A Manuel Toharia, que me ayudó a encontrar trabajo para Álvaro en un museo de la ciencia.
A Ernesto Páramo, director del Parque de las Ciencias de Granada, que me regaló un péndulo caótico cuando estaban agotados en todas las tiendas de todos los museos de España, y no me preguntó por qué no podía esperar un par de semanas a que los recibieran.
Y, sobre todo, en el capítulo de los científicos, a mi amigo Jorge Wagensberg, físico, profesor universitario y director del museo CosmoCaixa de Alcobendas, así como del CosmoCaixa de Barcelona, que es su modelo y su hermano mayor. Casi todo lo que sabe Álvaro Carrión de física, lo he aprendido yo antes de Jorge, un prestigioso académico y ensayista que se entusiasma cada vez que deja con la boca abierta a un grupo de niños de diez años. Yo le aprecio y le admiro también por eso.

A mi amiga Laura García Lorca, que me contó la historia de su abuelo Federico, que al marcharse de España dijo «nunca volveré a poner un pie en este país de mierda». Aquí dejaba los cuerpos sin vida de uno de sus hijos —Federico, poeta— y de su yerno —Manuel Fernández-Montesinos, alcalde socialista de Granada—, ambos fusilados en el verano del 36 con pocos días de diferencia. Dejaba también todas sus propiedades a cargo de un vecino de Valderrubio que era «muy simpático, muy simpático», y del que precisamente por eso nunca se fió su mujer, Vicenta Lorca. Años después, cuando se acabó la segunda guerra mundial y comprendió que su profecía iba a cumplirse, don Federico empezó a escribir a aquel conocido tan simpático, tan simpático, pero él no contestó a ninguna de sus cartas hasta que recibió un pasaje para viajar a Nueva York en un transatlántico. Esa oferta sí la aceptó. Al llegar allí, los García Lorca fueron a recibirle y le invitaron a comer. A los postres, su anfitrión se atrevió a proponer por fin, «bueno, pues vamos a ver ahora esos papeles...». Y aquel vecino de Valderrubio que era tan simpático, tan simpático, se dio una palmada en la frente y exclamó: «¡Ay, don Federico! ¿Se lo puede usted creer? Se me han olvidado en Granada los papeles».
A mi amiga Rosana Torres, que acabó de explicarme cómo habían sucedido las cosas cuando me contó la historia de su madre, que al final de la guerra, con veintidós años, embarazada de cuatro meses y sola en el mundo —sus dos hermanos fusilados, sus padres en la cárcel, su marido, comandante de Carabineros, preso también, y condenado a muerte—, se atrevió a ir a su casa, un piso en el centro de Valencia donde se había instalado la familia del hombre que denunció a sus padres, a pedir que le dejaran llevarse su máquina de coser, para poder ganarse la vida con ella. Le dijeron que no, y entonces les pidió que le dejaran llevarse su ropa. Volvieron a decirle que no, y por fin les pidió que le dejaran llevarse su ropa interior, «porque mis bragas no os las vais a poner, ¿verdad?». Y volvieron a decirle que no.

Y a Juana Reinés Simó, la madre de Rosana, por haber sacado adelante a aquel hijo ella sola, por haber tenido tres hijos más cuando el comandante Torres salió de la cárcel, y por haber llegado hasta aquí tan guapa, tan lista y, sobre todo, tan joven que hace un par de años, en un homenaje
a las mujeres republicanas, cuando un fotógrafo le pidió que se colocara con las demás, le dijo que no, «pero ni hablar, vamos, ¿cómo voy a hacerme yo una foto con estas señoras tan mayores?».
A mi amigo Benjamín Prado, porque si no lo hubiera sido, yo no habría ido al entierro de su padre, Benjamín Rodríguez, motorista en su juventud de la guardia de Franco. Y si no hubiera estado en el cementerio de Las Rozas aquella mañana de abril de 2002, no habría visto a una mujer joven y atractiva que se quedó a un lado, sin acercarse a saludar a nadie hasta el final de la ceremonia, y cuya aparición, misteriosa sólo en apariencia y sólo para mí, me regaló la imagen de la que ha nacido esta novela.
Y a mi querida Angelines Prado, que mucho antes de convertirse en la madre de Benjamín fue la hija del jefe de estación de Las Rozas, y cuando ya tenía un montón de nietos, reconstruyó para mí de memoria, con una precisión asombrosa, la línea del frente en la sierra de Madrid, antes y después de que la evacuaran a Torrelodones junto con los demás habitantes de su pueblo. En aquella época, otoño de 1936, era una muchacha.

En el verano de 2004, felizmente evacuada por las vacaciones a un merendero situado al borde de una playa de Rota, en Cádiz, lo recordaba todo tan bien que nuestra conversación tuvo un final sorprendente. «Entonces», dije yo, «Torrelodones no cayó hasta el final, hasta que cayó Madrid, ¿no?» Y Angelines me miró con los ojos muy abiertos para corregirme. «Mujer, caer, caer... Más bien lo tomaron.»
A mi amiga y socia Azucena Rodríguez, alias «la Rubia», porque sí, por estar ahí, y por haberme presentado a Carlos Guijarro Feijoo, un viejo amigo de su padre —Miguel Rodríguez Gutiérrez, el último preso del Valle de los Caídos— que sí se acordaba de cómo era el carné de la JSU, en la que ambos habían empezado a militar, uno en la clandestinidad, el otro en el exilio, justo después de que todo se hubiera perdido, pero antes de conocerse a finales de los años cuarenta, después de cumplir sus respectivas condenas.

A Carlos Guijarro Feijoo, que murió en el invierno de 2006 y que no podrá tener nunca entre las manos esta novela, que también escribió él al contarme cómo se libró su familia de ir a parar a Buchenwald cuando su madre se tiró llorando a los pies del médico alemán que estaba en el andén, clasificando a los prisioneros. Y cómo, después de que ella se comprometiera en nombre de todos a volver a su ciudad, Madrid, en un tren sin paradas, escuchó decir a su padre a la altura de Poitiers, «a España voy a volver yo, sí, para que me fusilen, no te jode... Al acercarse a la estación, el tren empezó a circular más despacio, claro, y entonces mi padre empezó a contar. Y a la de tres, nos tiramos los seis a la vez, él, mi madre, mis hermanos y yo». Después, como si los Guijarro no hubieran tenido ya bastante, Carlos se fue con su padre a una explotación forestal que estaba en Blois, cerca del castillo de Chambord, para sumarse a la guerrilla. Los dos lucharon juntos contra los nazis, y en octubre de 1944, él y su hermano Fermín cruzaron la frontera para seguir luchando en el interior. Y cayeron. Y los dos fueron a la cárcel. Y cumplieron un montón de años. Y al salir, siguieron luchando, militando en la clandestinidad. Y sesenta años más tarde,
en su casa del Poblado Dirigido de Fuencarral, Carlos me contó todo esto como si no hubiera tenido importancia. Como si los episodios de su vida no fueran más que las anécdotas de una vida cualquiera.

Y a Mati, la mujer de Carlos, que cada vez que tenía un hijo, esperaba a que cumpliera quince meses, para que aguantara bien el viaje, y se iba a Francia a enseñárselo a sus suegros. «¿Qué otra cosa podíamos hacer? Ellos no se atrevían a venir, y a él, como había estado en la cárcel, pues no le habrían dado el pasaporte... No volvieron a verse, los padres y el hijo, nunca. En fin, que hemos pasado mucho, pero mucho, la verdad... Mucho.»
A Domingo Ramírez Moreno, que habrá estado sentado en la puerta de su casa, en Bajo de Guía, el barrio de los pescadores de Sanlúcar de Barrameda, mirando el Guadalquivir, mientras yo les convertía, a él y a su compañero Perea, en personajes de este libro. «Yo salí por Francia y me metieron en Saint-Cyprien, ya sabes, un campo de esos que había en una playa... Figúrate que teníamos que hacer nuestras necesidades en el mar, y para limpiarnos usábamos los billetes que habíamos llevado, porque el dinero republicano no valía nada, claro. ¡Somos los más ricos del mundo!, decíamos, ¡nos limpiamos el culo con billetes de mil pesetas...! En fin, una cosa horrorosa.» Él me contó también cómo se había fugado de Saint-Cyprien, en una noche de tormenta que a Perea, del que en realidad sólo conozco su apellido y que era malagueño, le daba tanto miedo como a sus centinelas senegaleses. «Mira, Perea, que yo me voy... O te decides o ahí te quedas, macho...» Y que, después de pasar cuatro meses con una familia francesa a la que no podía seguir poniendo en peligro por más tiempo, se arriesgó a creer en las promesas de los agentes franquistas. Entonces volvió a España, donde estaba seguro de que no le iba a pasar nada, porque «yo soy de un pueblo de Sevilla, pero hice la guerra en Santander, y allí no matamos a nadie, de verdad, a nadie», y fue derecho al penal del Dueso, para cumplir casi cinco años de condena.

A mi amigo Alfons Cervera, que me llevó a ver a Florián y a Reme una mañana de verano, en Valencia. A Florián García Velasco, alias «Grande», que también escribió una parte de esta novela mientras bebíamos Agua de Valencia y él presumía de lo guapo que estaba en un viejo retrato, con el uniforme y la gorra de plato del Ejército Popular de la República. «Cuando el golpe de Casado, yo estaba en Madrid. Así que nos cogieron a todos los de mi compañía, y nos metieron en un calabozo. Teníamos un guardián que se llamaba Rogelio y era socialista. Le daba mucha pena vernos allí, nos daba tabaco... Yo hablaba mucho con él. Pero, Rogelio, hombre, le decía, ¿no te das cuenta de lo que estáis haciendo? ¿No comprendes que nos van a matar, a nosotros, que somos de los vuestros, que no hemos hecho nada? Y un día, ya, pues, nos abrió la puerta del calabozo, y nos dijo, ¡hala!, esperad un rato y largaos... Nos salvó la vida, a todos, ésa es la verdad. Y, luego, lo que son las cosas, me lo encontré en Albatera, ya ves. Oí que alguien me llamaba, ¡Florián, Florián!, y era él. ¡Rogelio!, le llamé yo, y él llegó hasta mí y me dijo, ¡ay, Florián, qué razón tenías! Y entonces nos abrazamos y estuvimos así, los dos abrazados, en medio del campo, y... No veas, nos hartamos de llorar...» Después le mandaron a Madrid para que se presentara en una comisaría con testigos o documentos aptos para identificarle, y él, «pues sí, me va a identificar a mí vuestra puta madre», al bajarse del tren, echó a andar sin mirar hacia atrás, contactó con sus antiguos camaradas y, después de trabajar una temporada en la clandestinidad, se echó al monte, donde estuvo seis años.

Y a Remedios Montero Martínez, alias «Celia», mujer guerrillera y mujer de Florián, al que conoció en el monte y con quien se reencontró en Praga, muchos años después, en una historia digna de otra novela. Reme, que aprendió a leer y a escribir, «lo poco que sé», en la cárcel, era hija de un guardia forestal que no pudo mandarla a la escuela porque estaba demasiado lejos de su casa, en un pueblo cercano al lugar donde, ya en 1951, todavía en 1951, la Guardia Civil le mataría a tiros una noche, como había matado antes a su hijo Herminio, como había matado antes a su hijo Fernando, como mataría antes y después —sin detención previa, sin proceso, sin sentencia ni más trámite que el amparo «legal» de la ley de fugas, la herramienta que resultó más útil al régimen franquista para legalizar el asesinato— a tantísimos otros guerrilleros y puntos de apoyo de la guerrilla. Reme no quiso decirme cómo se llama ese pueblo de Cuenca, el suyo. Desde que volvió a España, a finales de los años setenta, no ha vuelto a poner un pie allí.

A Olga Lucas, traductora y cuentista, hija de refugiados republicanos comunistas en Francia, que nació en Toulouse, creció en una casa donde estaba prohibido hablar francés, pasó por Praga, aprendió checo para que tampoco la dejaran hablarlo en su casa, y recordó para mí la experiencia de su infancia y de su juventud, después de advertirme con una sonrisa ancha, luminosa, y un levísimo, misterioso acento, que en realidad «los chicos del exilio siempre hemos sido y seremos muy raritos».
A Santiago Carrillo Menéndez, que me puso en contacto con sus padres. Y a ellos, Santiago Carrillo —que en su infancia madrileña aprendió a odiar el flamenco y en el exilio lo buscó con tesón por todos los sintonizadores de todas las radios que tuvo en tantos años—, y Carmen Menéndez —que nunca olvidará la fecha en la que el PCE fue ilegalizado en Francia porque ese mismo día se puso de parto por primera vez—, por la hospitalidad de su tiempo, de su casa y, sobre todo, de su prodigiosa e imprescindible memoria.
A Julio Rodríguez Puértolas, por compartir conmigo la cita que aparece como colofón de esta novela. A mi familia, los Grandes de España, sin más palabras. Y a mis editores, Toni López-Lamadrid y Beatriz de Moura, y Juan Cerezo, que a estas alturas ya son como otra familia para mí, y quizás por eso no se han quejado ni una sola vez del tamaño de este libro.

A mi amiga del alma, Ángeles Aguilera, por tantas cosas, desde hace tantos años y los que nos quedan todavía. Y a mis amigos Estrella Molina y Luis Muñoz, los otros dos miembros del «gabinete de crisis» sin el que no podría superar las mías, Bienvenido Echevarría, por dejarse llevar por la emoción, y Mariano Maresca, por estar siempre tan cerca, al otro lado del teléfono. Y a Eduardo Mendicutti, que me quiere tanto como yo a él, y por eso no se atreve a leer mis novelas antes de que se publiquen. A mi amigo Andrés Leal, por su particular asesoría sobre las asesorías financieras. A mi amigo Javier Rioyo, que compra para mí en una librería neonazi libros imposibles de encontrar en otro lugar, «no, mejor no vayas tú, ya voy yo, no vaya a ser que te reconozcan y tengamos un disgusto», y desde que empecé a escribir esta novela, me ha regalado otros que me han resultado tan preciosos como la novela de Carlos María Idígoras, Algunos no hemos muerto, que ha sido mi principal fuente literaria sobre la campaña de la División Azul.
A mi amigo Chus Visor, minucioso lector de mi trabajo, al que ha contribuido con el regalo de rarezas bibliográficas tan útiles para mí como algunos panfletos de Ernesto Giménez Caballero —recuerdo en especial Camisa azul, boina colorada—, cuyos excesos ideológicos y argumentales no habría sido yo capaz de imaginar ni harta de vino y drogada hasta la inconsciencia. Y a Conchita, por su cariño y generosidad constantes. A mi amigo Enrique Morente, por unas granaínas que no olvidaré jamás —Desea el hombre una cosa, parece un mundo, luego que la consigue, tan sólo es humo—, y por haber contestado a mi pregunta, ¿de quién es esa letra?, con una respuesta igual de emocionante: es popular.

A mi amigo Joaquín Sabina, que hace algunos años escribió la banda sonora de esta novela sin darse cuenta, pero sobre todo por ser mi amigo. Y a Jime, por la misma y principal razón. A mis hijos, Mauro, Irene y Elisa, que se han tragado en la mesa, junto con la comida, docenas de relatos parciales de esta historia. A don Benito Pérez Galdós, por haber escrito. A María Teresa León, que se hizo dos uniformes militares de fantasía para seguir estando guapa en los mítines y en sus visitas al frente, y escribió después, para los españoles de mi generación y de las venideras, la memoria de su melancolía, la crónica más conmovedora, intensa y precisa, de lo que significó seguir viviendo para los exiliados republicanos de 1939.

A Max Aub, por el ejemplo de su vida y de su obra, tan emocionantes ambas, tan admirables y valiosas para cualquier español y desde luego para mí, que justifican el único guiño intertextual que aparece no sólo en esta novela, sino en el conjunto de mis libros. Si el capitán Fernández Muñoz encuentra en un calabozo al capitán Vicente Dalmases, es porque si yo no hubiera experimentado a tiempo la conmoción que me produjo la lectura de «El laberinto mágico», tal vez Ignacio no habría llegado ni siquiera a nacer.
A Luis Felipe Vivanco, poeta, vencedor derrotado por la naturaleza de su propia victoria, porque cuando le llegaba el momento de empezar a recoger, comprendió en qué país vivía, y se marchó a su casa. Otros se hicieron demócratas de la noche a la mañana, fundaron partidos, engrosaron
las filas de la oposición moderada. Él no. Él hizo algo mucho más valioso, al menos para mí, mientras anotaba en sus «Diarios» algunas reflexiones que demuestran que es posible conservar la dignidad, incluso cuando nadie recuerda ya muy bien qué significa esa palabra.

A Francisco Ayala, por su constante y centenario ejercicio de decencia. A Constancia de la Mora, por su fervor. A don Juan Negrín López, por decir que no. «Estoy tan seguro de mi causa, de mí, que las derrotas militares nunca las creo decisivas. Me batiré en Barcelona, me batiré en Figueras. Mientras luche, no seré vencido. Me gustan los éxitos militares; por el momento no puedo tenerlos. Si vivo los tendré, porque vivo, porque lucho, porque digo: NO. Frente a Hitler, frente a Mussolini, no tengo nada. Un mal ejército. Pero digo NO. Rechazo creer en un bluff. Se me dice que estoy vencido: digo NO [...] ¿Para qué sirven unos militares que no consiguen victorias? Unas victorias, pero la Victoria: la Victoria es un asunto de voluntad [...] Seremos todavía vencidos [...], pero en tanto yo esté aquí con mis camaradas, resistiremos.»
Y porque ya va siendo hora de que alguien, aunque sea tan insignificante como esta humilde escritora madrileña, le agradezca su clarividencia, «yo no entrego indefensos a centenares de miles de españoles que se están batiendo heroicamente por la República, para que Franco se dé el placer de fusilarlos», y todo lo que hizo para intentar salvar a este país.
A mi amigo Ángel González, por todo. A Luis, por todo y siempre. Y a don Antonio Machado, por todo y por el título. (El corazón helado, TusQuets editores, colección Andanzas, Barcelona, 2007)



PRESENTACIÓN EDITORIAL







Almudena Grandes nació en 1960 en Madrid. Tras estudiar geografía e historia en la Universidad Complutense, realizó toda suerte de trabajos editoriales. A los 29 años ganó el XI Premio Sonrisa Vertical con su primera novela, Las edades de Lulú, insólita historia de iniciación y aprendizaje que la catapultó a la fama: tras ser traducida a 21 idiomas, lleva vendidos más de un millón de ejemplares en el mundo entero. En 1991 publicó, con una brillante acogida de crítica y público, Te llamaré Viernes y, en 1994, su tercera novela, Malena es un nombre de tango, que la consagró definitivamente como escritora y con la que, de nuevo, se ganó el corazón de más de 200.000 lectores.
En marzo de 1996, publicó por primera vez un libro de cuentos, Modelos de mujer, donde reúne relatos independientes entre sí pero que tienen en común un mundo y una escritura intransferibles. En octubre de 1997, recibió en Italia el prestigioso Premio Rossone d’Oro, otorgado al conjunto de su obra. Este galardón, que se concede a personas que destacan en las Letras, las Artes y las Ciencias, había recaído anteriormente en escritores como Alberto Moravia o Ernesto Sábato, y Almudena Grandes fue la primera mujer en recibirlo, así como el primer autor español.
En 1998 Tusquets Editores publicó Atlas de geografía humana, en la que cuatro personajes van tomando alternativamente la voz para contar, en primera persona, su propia historia. Esta cuarta novela fue todo un éxito de ventas y ha sido traducida a varios idiomas. En 2002 se publicó Los aires difíciles, ambiciosa novela protagonizada por dos personajes que se instalan en la costa gaditana dispuestos a reiniciar sus vidas. Y en 2003 Mercado de Barceló, una cuidada selección de las crónicas y relatos de la serie de artículos publicada en «El País Semanal» entre 1999 y 2003. En 2004 publicó su sexta novela, Castillos de cartón, arrebatadora historia con la que la autora regresa al Madrid exaltado e inocente de los años ochenta, de la “movida” y de los excesos, pero también de los deslumbramientos y la pérdida de la inocencia. En septiembre 2005 se publica Estaciones de paso, que recoge cinco historias de adolescentes abocados a vivir circunstancias que les sobrepasan, pero que, sin sospecharlo, acabarán forjándoles como adultos.
Algunas de sus novelas han sido llevadas al cine: Las edades de Lulú, que dirigió Bigas Luna, Malena es un nombre de tango y Los aires difíciles, ambas dirigidas por Gerardo Herrero. Su cuento El vocabulario de los balcones ha inspirado la película de Juan Vicente Córdoba Aunque tú no lo sepas. Se ultima el proyecto cinematográfico de Atlas de geografía humana.





"La cultura es mucho más rica cuando más mezclada está; los países mestizos tienen ventajas sobre los más homogéneos porque es la diversidad la que nos enriquece. La cultura no puede ser única ni cerrada, pues hay una polinización que ha venido del lejano Oriente, al Oriente próximo, y de ahí a Occidente. La literatura, por ejemplo, se mueve por las autopistas del viento."
(Juan Goytisolo, Barcelona)